El récord de morosidad en el sistema financiero ya no es una estimación de consultoras: los propios datos del Banco Central de la República Argentina (BCRA) encendieron las alarmas al confirmar que un 14% de los hogares argentinos registran graves dificultades para afrontar sus deudas. El deterioro de los ingresos y la brutal pérdida del poder adquisitivo han arrastrado a más de 5,8 millones de personas a un cuello de botella financiero, donde las deudas dejaron de ser una herramienta de consumo y pasaron a convertirse en una estrategia desesperada de supervivencia para pagar alimentos, medicamentos o servicios públicos. [1, 2, 3, 4]
Sin embargo, al ser consultado en LN+ sobre si el Ejecutivo evalúa implementar alguna medida de alivio o rescate para este sector que confió en el rumbo económico, el presidente Javier Milei cerró la puerta de manera drástica. El mandatario sostuvo que las deudas comerciales son estrictamente "acuerdos entre privados" y descartó cualquier intervención del Estado.
“Si por algún motivo una de las partes no está en condiciones de cumplir, ¿es correcto que yo le haga pagar a usted eso? Decir que el Estado debe arreglar deudas es pasarle la cuenta a todos los demás”, argumentó el jefe de Estado. [
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El momento de mayor tensión en la entrevista ocurrió cuando Milei apeló a su habitual retórica de responsabilidad individual y lanzó una frase que caló hondo en la sensibilidad social:
“¿Les pusieron una pistola en la cabeza para hacerlo? No. Okay, listo”. Con esa definición, el Gobierno nacional ratificó que no intervendrá para mitigar el sobreendeudamiento, limitándose a señalar que "alientan la refinanciación" que cada banco aplique de manera particular con sus clientes. Para la Casa Rosada, la solución macroeconómica estructural llegará por añadidura mediante la baja de la inflación y la caída del riesgo país, desentendiéndose del drama inmediato que golpea las puertas de los hogares de clase media y baja. [
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La Reflexión de La Balanza Rota: El eslabón de la confianza y la lealtad compartida
Cuando escuchamos definiciones tan tajantes desde los despachos oficiales, es imposible no contrastarlas con la realidad que se respira en el interior profundo de nuestra patria. Es cierto que nadie le pone una pistola en la cabeza a un ciudadano para pedir un crédito o pasar la tarjeta. Pero cuando los sueldos se licúan y lo que está en juego en la mesa familiar es el plato de comida, la leche de los chicos o los medicamentos, la necesidad se convierte en una presión invisible, tan violenta como cualquier arma.
Para que quede claro: al presidente no se le está pidiendo que el Estado salga a pagar las deudas de los privados. Nadie busca un rescate con la plata de los contribuyentes. Pero lo que sí le pedimos y le exigimos es que controle de alguna manera a las entidades bancarias, que van descaradamente a contramano del esfuerzo que estamos haciendo todos los ARGENTINOS. Es inadmisible que mientras el país celebra una inflación mensual promedio del 2%, los bancos continúen cobrando el famoso "gasto administrativo" y aplicando Tasas Nominales Anuales (TNA) que, sumando los costos ocultos, superan en muchos casos el 120%.
Es aquí, en este desfasaje feroz, donde necesitamos la LEALTAD del PRESIDENTE con el pueblo que lo apoya y que sufre día a día, sabiendo que el esfuerzo es necesario para salir adelante. El ciudadano de a pie apoya la gobernabilidad bancando el ajuste, pero el propio primer mandatario debería devolver ese mismo sacrificio ofreciendo protección al pueblo frente a la falta de patriotismo de los bancos argentinos, frenando una usura que desangra los hogares.
Hacer frente a una crisis exige un sacrificio descomunal, pero para que tenga sentido, debe sostenerse sobre un pacto implícito de confianza mutua. Una nación funciona exactamente como una cadena de engranajes. Si un ciudadano en su lugar de trabajo hace las cosas bien, cumple con sus obligaciones y cuida su metro cuadrado, necesita tener la certeza de que el eslabón que está adelante y el que está detrás están haciendo exactamente la misma fuerza hacia la misma dirección. Nadie se salva solo. La confianza es, precisamente, saber que sin conocernos, cada argentino está haciendo su parte con la misma honestidad y entrega.
Pensémoslo a través de un acto que nos define: cuando nos paramos firmes a cantar las estrofas del Himno Nacional Argentino, no estamos mirando de reojo al compatriota que tenemos al lado para verificar si abre la boca o si se sabe la letra. Lo cantamos con el pecho inflado, con energía y con la voz en alto, porque confiamos plenamente en que el de atrás y el de adelante lo están sintiendo y cantando con la misma vibración, sin que nadie se lo tenga que ordenar.
Ese instante de comunión es el verdadero mapa de la madurez ciudadana que tanto nos falta consolidar. Lograr ser una sociedad madura significa trasladar la mística unida del Himno al mostrador del comercio, a la pyme, a las mesas directivas de los bancos, a la escuela y al ejercicio del poder político. No podemos seguir siendo un pueblo ejemplar y solidario únicamente cada 1460 días cuando rueda una pelota en un Mundial, para después devorarnos entre nosotros en la góndola o desentendernos del dolor del vecino bajo la premisa del "sálvese quien pueda". El engranaje nacional se repara volviendo a mirarnos a los ojos, asumiendo la responsabilidad que nos toca y empujando con la certeza absoluta de que el de al lado está haciendo la misma fuerza.